jueves, 12 de abril de 2007

Apocalipsis en la América profunda

La cosecha. En las sureñas tierras de Louisiana se libra una batalla entre lo empíricamente comprobable y la fe en una impecable recreación de las diez plagas bíblicas con las que el Altísimo condenaría, según el Antiguo Testamento, al pueblo de Egipto

La espiritualidad en esta realidad escéptica en la que vivimos. El director, Stephen Hopkins, declaró al respecto: “Como en cualquier viaje personal, la religión puede iluminarte… y también usarse para controlar a las personas. La película juega con esa dualidad a gran escala”.

Aunque nada más arrancar se apunta a un tratamiento consistente de la historia, transcurrida la primera mitad se evidencian los tópicos más convencionales y previsibles del cine espectáculo: notables efectos especiales, excelente producción…No en vano, todo corre a cargo de Dark Castle(Joel Silver), responsable de las sagas de Matrix, La jungla de cristal y Arma letal. Cabe reseñar que se contó con la participación de una leyenda en el ámbito de los efectos visuales: Richard Yuricich, uno de los fundadores del cine digital quien, en busca del máximo realismo, logra en esta cinta un estilo fotográfico casi periodístico de armoniosa plasticidad e impacto visual.

Cumple en su papel de ex misionera en busca de respuestas por medio de la ciencia más que de la oración, refutando supuestos milagros divinos. Hablamos de Hilary Swank. Ducha en los roles dramáticos pero recién llegada a esto de los thrillers, como aclamada intérprete que es (dos premios de la Academia lo avalan) está aceptable pero, en comparación con los grandes personajes que suele encarnar, esta atea a la que da vida apenas da muestras de carisma.

La actuación de la niña Anna Sophia Robb (aún en nuestras pantallas con Un puente hacia Terabithia) deslumbra sin necesidad de pronunciar palabra alguna, basta con su mirada de expresión sombría. La pequeña parece lanzada a la conquista del trono de la hasta ahora inalcanzable Dakota Fanning. Sus apariciones, a medio camino entre lo diabólico y lo extrañamente angelical, son siempre cotas en las que el interés se eleva por encima de la media. Todo lo contrario sucede con Stephen Rea. En sus contadas intervenciones, este valor normalmente incuestionable aquí, no obstante, en la piel de un trastornado sacerdote, parece no creerse su personaje, que cumple a rajatabla todos los estereotipos de roles que han surgido desde el padre Karras de El exorcista.

No pasará a la historia del cine por arriesgar en sus planteamientos ni en sus formas, sin embargo, es de agradecer el desasosiego suscitado mediante la atmósfera y las ideas más que con sangre y vísceras. Subyace la moraleja de que nada en la vida es lo que parece.

jueves, 5 de abril de 2007

El Lars orador

Planteamiento de la verdadera naturaleza del hombre, el leitmotiv de la condición humana en El jefe de todo esto. Ácida respuesta: la hipocresía y el absurdo en las relaciones sociales, aquí circunscritas al ámbito laboral

Tras dominar el drama con el musical Bailar en la oscuridad, Rompiendo las olas o la minimalista Dogville e incluso llevando a su terreno el género del terror, recordemos su serie The Kingdom, el cineasta danés Lars von Trier se atreve con la comedia. Giros tan hilarantes como imprevistos pueblan esta comedia que es, ante todo, alocada al disponer algunos personajes de más información que otros. A lo que incorporar una viñeta moral: el dueño de una empresa que usa a un presidente ficticio para vapulear a sus empleados.

Como perfeccionista compulsivo y, no obstante, conocedor de que nadie puede controlar completamente una imagen, von Trier rueda cámara en mano. Con el sistema Automavision realiza el encuadre deseado y pulsa un botón en el ordenador para obtener un mundo de posibilidades. Se limita la intervención humana liberando a la obra de las ataduras estéticas y la mano de la costumbre. Para sacarle el máximo rendimiento, no se procesan las tomas; en otras palabras, no se efectúan cambios de colores, ni se hacen mezclas de sonido, y el material se transfiere directamente a la copia final. En el caso de El jefe de todo esto también se prohibió una iluminación que no fuera la propia del decorado exterior o interior.

Quizá no sea casual que la trama se enmarque en una empresa informática, cuyos productos vienen definidos por su intangibilidad y, por tanto, la volatilidad de su valor. Lo mismo que con los personajes, excéntricos ingenieros necesitados de un afecto infantil que los vulnerabiliza ante una jefatura que, por otra parte, solo procura la estrategia idónea de motivación al menor coste y hasta que sean prescindibles.

Él la ha definido como su primera película “no política”, sus seguidores como su primera “no políticamente correcta”. Admitida su inclinación por rodearse de equipos muy reducidos para crear un halo de intimidad indispensable para la creatividad, es una película pequeña pero grande en alardes argumentativos.

martes, 27 de marzo de 2007

El último show de Mr Altman

En las bambalinas de un popular programa de variedades radiofónico que lucha por sobrevivir en la era de la televisión y al capitalismo reinante, los integrantes de la familia artística que le dan vida en cada emisión arrastran un deje de tristeza por una vida consumida de memorables episodios pero que termina

Tragicómica obra póstuma del incontestable cineasta Robert Altman. Fue uno de los míticos padres del cine independiente “made in USA” con joyas como Gosford Park o Vidas Cruzadas (adelantándose en años a lo que está tan de moda, las historias entrelazadas). Parece despedirse a lo largo de este paradójico testamento fílmico recuperando los componentes que le marcaron en su pasado: la atemporalidad en la puesta en escena, el choque de lo nuevo y lo viejo, el reparto coral, la sobredosis musical —Nashville y Kansas City—y el leitmotiv de la resistencia al adiós definitivo en una historia que habla descaradamente de finales lentos y obvios. Además, el cine negro del que procede aparece fielmente representado por Guy Noir, atraído por la etérea mujer fatal personificación de la muerte y de todo lo destructivo: pura metáfora. Guy encarna al propio Altman en su intento por preservar el espectáculo del arte-ingenio de quienes lo transforman en producto mercantilista y por intentar en vano esquivar a la muerte.

El guión abarca una piara de emociones extremas muy al estilo de Altman que relucen no solo con las letras de las sensacionales canciones country de los setenta, sino por la vía de unos diálogos ágiles en el sarcasmo y aparentemente improvisados.

Aunque el personal entendimiento de la narración de Altman prevalezca sobre el trabajo actoral, es revelador que grandes nombres se pongan a su servicio como mero elemento más, tal vez atraídos por un rodaje cercano a los planteamientos teatrales. Junto a la vis cómica de Kevin Kline, algunos demuestran sorprendentes dotes como cantantes, en especial las parejas formadas por Woody Harrelson y John C. Reilly, y las hermanas a las que dan vida Lily Tomlin, vieja conocida del realizador, y una Meryl Streep que muestra su lado más natural. —Hasta la actuación de Lindsay Lohan no irrita por primera vez en su trayectoria—.

No está entre sus mejores creaciones, cierto, pero a esta cinta de detalles y destellos le basta su honestidad y humanidad emotiva no sensiblera como homenaje al universo del espectáculo que, de un modo u otro, siempre continúa.

viernes, 23 de marzo de 2007

Juegos secretos ¿para niños?

Cómo se disfrutan las películas “de actores”, en las que el director sabe manejar a la perfección al reparto para conseguir de cada uno lo que busca
La trama en sí no aporta novedad al ya manido alud de siniestras fábulas acerca de las urbanizaciones de la clase media yanqui, para criticar no sólo a la sociedad norteamericana sino a cualquiera desarrollada, en las que todo se tiñe del color del convencionalismo y la hipocresía es reina y soberana. Se agradece, sin embargo, la creativa batuta de Field, huyendo en todo momento del tópico y dominando la sorpresa narrativa; hablando de la cotidianeidad desde puntos de vista nada complacientes aunque sin adular ni condenar actitudes, sin héroes ni villanos, idolatrando únicamente la inocencia infantil.

La credibilidad se sustenta en la verosimilitud de los sentimientos experimentados por unos personajes inmejorablemente perfilados pese a su complejidad. A causa de una insegura dependencia casi adolescente, los personajes, aún inmaduros, no han aprendido a tomar las riendas de sus vidas y se acurrucan en la estabilidad de una existencia plana de miras encasilladas. Una forma de vida sitiada por el miedo y por una doble moral que castiga el mínimo atisbo de rebeldía.

Soberbiamente filmada, elaboradísimos planos, firma española en la espléndida fotografía. Si ya su ópera prima, En la habitación, cosechó elogios allá por donde pasó, Field confirma su status en la nada sencilla tarea cinematográfica. ¿Qué es lo mejor? Los apuntes ya especificados de su argumento parecen contundentes para responder; mas, tampoco su reparto de lujo pasa desapercibido —con esa inconmensurable talentosa Kate Winslet, la no menos brillante Jennifer Connelly y la revelación del secundario Earle Haley—; incluso su tráiler, de los mejores del año, construido sobre imágenes, silencios y una mágica banda sonora que avecina que no es un filme para masas.

Fracaso en la taquilla estadounidense pero ojo crítico de los académicos que la obsequiaron con tres nominaciones a las doradas estatuillas. Sobrevalorada o no, si lo que buscas es un desafiante mosaico emocional y social, tienes que verla. Eso sí, resulta imposible dejar de pensar en ella.

Breaking & Entering, corrección y denuncia

Dirigida por el oscarizado Anthony Minghella nos sentamos ante una película correcta, así, sin más, en un intento de “forma sin fondo” durante dos horas de falso cine social
No se la puede tachar de bazofia pero lo que es seguro es que tampoco es una buena película. El irregular guión (de una historia a ratos interesante y a otros desequilibrada) aspira a revelarse como planteamiento intimista de la riqueza multicultural londinense, no obstante, se convierte en un pretencioso relato de contradictorios planteamientos emocionales repleto de imágenes ciertamente pedantes por lo evidentes y reiterativas. Aunque se aborden asuntos conflictivos como la inmigración, la discriminación y desigualdad de oportunidades, el adulterio, la prostitución y hasta el autismo, siempre campea un inesperado optimismo y un aire de permanente distancia emocional.

Además del libreto, el decantarse por lo estético y artificioso, por lo convencional e incluso hollywoodiense (arrastrado de sus cintas anteriores, más grandilocuentes), le hizo un flaco favor al un día laureado por crítica y público pues no consigue más que restar credibilidad a este melodrama.

Por otro lado, sería injusto negar la acertada elección del trío protagónico. La sutil Robin Wright Penn se codea con la carismática Binoche, quien por mucho esfuerzo jamás logra disimular esa aura de ideal dama francesa, y con el que firma el papel crucial de toda su trayectoria hasta el momento, Jude Law. Tercera colaboración con Minghella tras las aclamadas The Talented Mr. Ripley y Cold Mountain, y triunfante retorno a la pantalla grande aportando suficiente carisma y humanidad para suscitar una cálida empatía por su personaje.

En definitiva, el filme puede decepcionar pero por su valentía y temática no merece caer en el olvido. Al fin y al cabo, proporciona entretenimiento nada abrumador al no llegar a involucrar al espectador en la trama que, al poco tiempo, se le habrá olvidado por su falta de fuerza y veracidad.